Mostrando entradas con la etiqueta Poesía chilena -siglo XIX. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía chilena -siglo XIX. Mostrar todas las entradas

Fragmento de María Cenicienta, de Amelia Solar Marín



ESCENA II

Los mismos y un oficial de Palacio. El enviado del rey se acerca al trono y hace una reverencia.

Enviado del rey:         Una dama distinguida
de Palacio está a la puerta
y pide con voz incierta
besar vuestros pies, rendida.

Príncipe:                     ¿Su nombre?
Enviado:                     Decir no quiso.
¿Qué ordena su Majestad?
Príncipe:                     A la incógnita beldad
introducir es preciso.

(El enviado sale y después aparece conduciendo a Cenicienta de la mano hasta el trono, donde hace una reverencia.)

Príncipe:                     (Aparte.) ¡Qué pasmosa criatura!
(A Cenicienta con galantería.)
Princesa seas bienvenida
y en mi palacio acogida
cual reina de la hermosura
Cortes 1°:                    ¿Quién es? Decidme quién es.
Cortes 2°:                    No lo sé.
Cortes 3°:                    Tampoco yo.
Cortes 4°:                    Nadie aquí la conoció.
Cortes 1°:                    Voy a averiguar. ¡Pardiez!
Cenicienta:                 Perdonad mi atrevimiento.
Príncipe:                     (Con galantería.)
¿Perdonaros, dama hermosa?
¡Faltaba al vergel la rosa
y la luna al firmamento!
Vos llegáis a realzar
con vuestro vivo destello
este sarao tan bello…
(Óyense los primeros acordes de cuadrillas.)
¿Queréis mi brazo aceptar?

(Cuadrillas imperiales. El príncipe y Cenicienta en primera fila. Concluido el baile se pasean.)

Juana a Teresa:           ¿Viste alguna vez, Teresa,
entre nácar y arrebol
alzarse risueño al sol?
¡Así brilla esa princesa!
Teresa:                        Cual se contempla un tesoro,
tal el príncipe la admira.
¡Parece que ni respira!
Juana:                         Adiós mis ensueños de oro…
Príncipe a Cenicienta: Vuestro misterio respeto.
Quién sabe, acaso algún día
será dado al ansia mía
penetrar ese secreto.
Cenicienta:                 (Con melancolía.)
No pretendáis conocer
de mi existencia la historia;
¡grabará en vuestra memoria
la imagen del padecer!
Teresa:                        Oye, Juanita: una extraña
idea a mi mente viene.
Juana:                         ¿Y es?
Teresa:                                    Que la princesa tiene
un parecido que engaña.
Cuando aquí se presentó
creí ver, ¡habrá rareza!,
en tan notable belleza
a la Cenicienta…
Juana:                                                 ¡Ah! ¡No!
Príncipe:                     (A Cenicienta al enfrentar ambos la escena.)
Otras beldades yo vi;
no fijaron mi destino.
¡Dios os pone en mi camino
porque se apiada de mí!
Cenicienta:                 ¡Soy huérfana… y desvalida!
¡Cómo a mí tan alto puesto!
Príncipe:                     Sin vos me será funesta
la luz, el aire, ¡la vida!
¡Que al menos oiga de vos
un acento de consuelo! (Dan las doce.)
Solo una palabra…
Cenicienta:                                         ¡Cielo!
Amable príncipe, ¡adiós!

(Corre y desaparece dejando caer un escarpín.)

Príncipe:                     ¡Señores, presto, volad!
¡Hacedla que vuelva aquí!
¡Sin ella no hay para mí
ni amor ni felicidad!

(Damas y caballeros salen en tropel. Luego reaparecen en la escena. En ese momento el príncipe ve el escarpín y lo recoge con precipitación.)

Oficial al príncipe:      Cuando el concurso invadía
la escalera principal,
envuelta en su delantal
una mendiga corría.
Pero a la bella extranjera
no se la pudo seguir;
nadie la ha visto salir
como si invisible fuera.

(Los convidados se retiran.)

Príncipe:                     ¡Astro radioso, lucir
un breve instante te vi!
¡Si he de perderte, ay de mí,
(se cubre el rostro con las manos)
antes prefiero morir!


Fuente: María Cenicienta (1898).

** La edición es mía.

Versos de astronomía, de Rosa de Araneda



El sol hace su carrera
por el frente del ecuador,
girando hacia alrededor
en la línea de la esfera.
Cuando asoma en el oriente
el blanquísimo farol,
muestra sus rayos el sol
alumbrando el occidente.
Se ve claro y transparente,
como si no se moviera;
la luz pálida y ligera
recorre todo el ambiente;
y para entrarse al poniente
el sol hace su carrera.
            Cuando el día va aclarando
aparece el sol dorado,
entre la nube embargado,
con lentitud caminando.
Los planetas alumbrando,
todos a un mismo tenor
con el brillo brillador
al centro de gravedad,
despejan su claridad
por frente del ecuador.
            Demuestran tres movimientos
en su misma elevación:
hacen su derrotación [sic]
sobre sólidos cimientos;
giran con sus modos lentos
para tomar el calor;
bajan de lo superior
cometas de buen tamaño;
aparecen de año en año
girando hacia alrededor.
            En el cuarto firmamento
está el sol estacionado
por el zodiaco rodeado,
fecundizando el portento.
Dos rayos con gran contento
Alumbran la Tierra entera;
Dios hizo porque se viera
Satélites y cometa
visiten nuestro planeta
en la línea de la esfera.
            Al fin, los más principales
planetas que se atesora,
los que hay contando hasta ahora
son treinta y cinco cabales;
los sabios dan las señales
con un estudio sin par,
por si pueden alcanzar
las estrellas en razón,
para ver qué tantas son:
no se han podido contar.


Fuente: El cantor de los cantores (1893).
** La edición es mía.