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A una estrella, de Dolores Guerrero



No sé qué encanto misterioso y bello
tiene tu luz, estrella diamantina,
que al contemplar su vivido destello,
el fuego del amor en mí germina.
Tus dulces melancólicos reflejos
me recuerdan la luz de una mirada,
que brilla ahora de mi lado lejos
y está en mi mente sin cesar grabada.
Mil veces en el agua de la fuente
retratada miré tu faz divina;
brillabas más hermosa, más luciente,
resbalando en la tela cristalina.
De la selva también en la espesura
he admirado tus vivos resplandores;
allí me pareciste blanca y pura
cual primera ilusión de los amores.
En las horas de triste desaliento,
en que el alma abatida sufre y llora,
cuando la vida es hórrido tormento
que oprime el corazón y lo devora,
fijo mis ojos en el ancho cielo
salpicado de bellos luminares,
y en tu vivo fulgor hallo el consuelo
que mitiga mis íntimos pesares.
Porque tu luz, estrella peregrina,
no sé qué hechizo encierra misterioso,
que adormece la mente y la fascina
cual dulce ensueño de un amor dichoso.
Nunca me robes tu fulgor divino;
sé de mi vida luminosa guía,
y ya que es triste mi fatal destino,
sé tú un consuelo para el alma mía.


Fuente: Poetisas americanas.
** La edición es mía.

Photo credit: fdecomite via Visual Hunt / CC BY

A Edison, de Severa Aróstegui




Cual flamígera espada que maneja
una mano invisible y poderosa,
cortó la nube blanca y vaporosa
su rápido zigzag al describir.
De impotencia y dolor rugió la nube,
como pantera por el dorso herida,
y el relámpago cruel y nubecida
su marcha errante pretendió seguir.

¡Lo viste, Majestad! Y de tu genio
al poder soberano y atrayente,
se quedó suspendida de tu frente
y en diadema de luz se convirtió.
Por derecho de ciencia le arrancaste
su veloz y fosfórico secreto,
y el mensajero de los polos quieto
y humillado a tu numen se rindió.

Encendiste tu luz incandescente
en su llama fugaz de brillo hermoso,
y derramaste llanto luminoso
ese nuevo “Fiat lux” al pronunciar.
¡Has llenado de lágrimas el mundo!
¡Los hombres de tu talla, cuando lloran.
ni sus lágrimas caen ni se evaporan,
y alumbran las tinieblas al brotar!

¡Brujo de Menlo Park! Tú que obstinado
en el antro de luz donde resides,
a tu numen eléctrico le pides
sin cesar un milagro, por favor.
Qué, ¿no te basta con haber construido
la poliglota caja donde encierras
la humana voz y hasta lejanas tierras
empacada la exportas por mayor?

¡Oh! Tú hablarás a las futuras gentes
cuando no exista de tu ser ni aroma,
en el variado universal idioma
en que habla la locuaz humanidad.
Les llevarás las notas de Adelina,
de Castelar el poderoso acento.
El bélico rumor, el del contento,
y el grito de la ronca tempestad.

¿No te basta con esto todavía?
¡No! La neurosis del saber padeces
y toma en ti sus alarmantes creces
la persistencia de tan bello mal.
Si a la mitad del siglo que se acerca,
el Cielo prolongara tu existencia,
agotarías las fuentes de la ciencia.
bebiendo siempre y con tu sed igual.

Fortalecido con tan rico néctar,
acaso, acaso tu cerebro fuera
el apoyo que Arquímedes pidiera
y llegaras el globo a nivelar.
Yo no sé qué problemas resolvieras
de los que virgen se halla todavía
el pensamiento, y a la luz del día
audaz te propusieras demostrar.

Pero todo sus límites contiene.
Has hecho por el mundo lo bastante
para que un monumento te levante
en prueba de respeto y gratitud.
Yo lo erigí en mi ardiente fantasía.
donde estás soberano e imponente,
suspendido el relámpago en tu frente
y a tus pies, como esclavo, mi laúd.


Fuente. La lira poblana.
** La edición es mía.

Photo via Visual Hunt

Tollanzinco, de Mateana Murguía





¡Salve, Tollantzinco[1] hermosa!
Donde el aura es más serena;
donde es más exuberante
la rica naturaleza;
donde de las bellas flores
se aspira la grata esencia,
y de las aves los trinos
nos trae la brisa ligera;
donde el cielo es más azul;
do el agua murmura leda
y brindan ventura y calma
tus encantadas florestas.
¡Salve! El alma conmovida,
al contemplar tus bellezas,
olvida sus desventuras,
olvida sus hondas penas.
¡Oh, cómo pasan aquí
las horas gratas, serenas!
¡Cómo transcurre la vida
de dulces encantos llena!
Aquí se siente mejor,
Más goces la mente sueña,
con más fe, con más confianza
dicha al corazón espera.
cuando el Ángel del deber
a mis hogares me vuelva,
bendeciré tu memoria;
la adoraré hasta que muera.
De tus generosos hijos
me llevaré como prenda
el sentimiento infinito
de amistad franca y sincera.
En tanto, ciudad hermosa,
la de perfumadas selvas;
la de cristalinas aguas
con las que el sol juguetea;
la de inmensas hortalizas;
la de magníficas huertas,
frescas, tranquilas, umbrías,
que al paraíso remedan;
te saludo cariñosa
de placer el alma llena.
Y te ofrezco el homenaje
de mi admiración sincera.


Fuente: Poetisas mexicanas (1893).
** La edición es mía.



[1] Tulancingo.

Íntimas, de Josefa Murillo



No te quejes, corazón,
de la pena que te hiere:
el que vive de ilusión
desengañado se muere.

Y era ilusión, era un sueño
como el amor, la amistad…
¡En este mundo pequeño,
el mal tal solo es verdad!

Nada busques ya en el mundo
en que pagaron con dolo
tu cariño profundo;
vente a vivir triste y solo.

Y jamás, entusiasmado,
sueñes dichas, corazón;
que muere desengañado
el que vive de ilusión.


Fuente: Homenaje a la inspirada poetisa tlacotalpeña Josefa Murillo (1899).
** La edición es mía.

Photo via Visual Hunt

Salvadora Díaz en Poetisas mexicanas

De acuerdo con los datos que hemos podido consultar en la red, esta poeta nació en Jalisco, México, aunque no conocemos la fecha de su nacimiento ni de su muerte, y es oficialmente considerada en la lista una de las “personajes ilustres” de Etzatlán. Algunos también ligan su actividad artística al Estado de Nayarit, por la razón que enseguida veremos.

Esta escritora ha pasado a la posteridad sobre todo por “La noche”, el único poema suyo que José María Vigil incluyó el Poetisas mexicanas. Sin embargo, tenemos noticia de que Díaz publicó un extenso poemario –de unas 300 páginas– bajo el nombre de

María G. Alvírez en Poetisas mexicanas

María del Carmen Vicenta G. Alvírez Piñón es hoy casi una desconocida. Los datos biográficos que tenemos sobre ella son mínimos: nació en Morelia en 1865 –una fuente consigna el 5 de abril–, se ordenó monja teresiana y murió en fecha incierta. Hasta nos ha llegado noticia, sólo escribió poesía. Hay una tendencia a llamarla “María Guadalupe”, aunque es probable que la “G.” de su firma se deba más bien al apellido compuesto del padre, quien también solía omitirlo y fue mejor conocido en su tiempo como “Luis G. Alvírez”.

Los padres de esta poeta fueron el abogado Luis [Gonzaga] Alvírez y Josefa Piñón Vieyra, profesora de Instrucción primaria, quien siendo ya viuda fue la primera directora de la “Academia de Niñas” de Morelia, fundada en 1886. Su hija María fue profesora y sudirectora de esta institución. Hasta principios febrero de 1903 esta poeta aún formaba parte de la “Academia de Niñas”,

Mercedes Salazar, una poeta mexicana que nunca existió

En una entrada anterior de este blog comentamos el caso de Emma Berdier, la“eximia poetisa” inexistente. Berdier fue una creación de dos escritores importantes hasta hoy, los argentinos Bernabé Demaría y Juana Manuela Gorriti, quienes le jugaron una broma al bibliógrafo chileno José Domingo Cortés, uno de los más afanosos editores y promotores de los parnasos fundacionales, de quien hemos hablado repetidas ocasiones. Cortés realizó buena parte de su labor editorial confiando en la honestidad de las personas que le hacían llegar versos y otros escritos desde diversos lugares de América. Sin embargo, igual estuvo expuesto a bromas, como lo demuestra la “existencia” de Berdier, y de otras malas pasadas, como lo ilustrará ahora un nuevo caso: el de Mercedes Salazar de Cámara, la supuesta poeta mexicana que, si acaso existió, resultó ser una mala plagiaria del también mexicano Ignacio Manuel Altamirano.

El único poema conocido de Salazar es, hasta donde tenemos noticia, uno que lleva el título de “En el álbum de Ofelia Plisé”. Cortés lo incluyó en Poetisas americanas y en La guirnalda

Anna María González en Colosso eloquente

La fama de sor Juana ha opacado el poco o mucho trabajo poético de sus contemporáneas, de quienes todavía desconocemos casi todo. Como ejemplo podemos mencionar el caso de Anna María González y Zúñiga, quien participó en diversos certámenes poéticos y vio publicados algunos de sus poemas durante la primera mitad del siglo XVIII.

Según informa Juan José de Eguiara y Eguren en el primer tomo de su Biblioteca mexicana, González nació en la Ciudad de México, se casó y tuvo, al menos, dos hijos. Por desgracia, no hemos encontrado información relativa a los años de nacimiento y muerte de esta autora. No obstante, sabemos que recibió varios premios y honores.

Algunos poemas de González han llegado hasta nuestros días gracias a que fueron publicados en libros en donde se recopilaron los textos ganadores de determinados certámenes, como El segundo quinze de enero de la Corte Mexicana […] (1730), Colosso eloqüente […] y Cifra feliz de las dichas imponderables […] (1748), e incluso

Luz Trillanes en La lira poblana

Sabemos muy poco sobre la vida de la escritora mexicana María de la Luz Trillanes Arrillaga, quien es posible que haya nacido en 1847 en alguna ciudad o algún poblado del Estado de Puebla. Así mismo, es probable que sea hermana de la también poeta Concepción, casi o igual de olvidada hoy, de cuya vida y obra hablaremos en otro momento.

Entre los escasos datos que logramos reunir sobre su participación en la vida cultural de su tiempo se encuentran, por un lado, su colaboración en publicaciones periódicas, como La mujer, semanario de la Escuela de Artes y Oficios para Mujeres, que circuló de 1880 a 1883 y estuvo a cargo Ramón Manterola y Luis G. Rubín; o el periódico católico El Tiempo, fundado por Victoriano Agüeros, en el cual publicó algunos obituarios y artículos de opinión; y en otros más conocidos, como El siglo diez y nueve, La familia, y El Diario del Hogar. 

Cabecera del periódico La familia.
(El coloreado es nuestro, no del original.)

Por el otro lado, en cuanto a parnasos fundacionales, su poema “No me vengas a ver cuando esté muerta” -que está más abajo en esta entrada- 

Adela Arriola en Poetisas mexicanas

Adela Arriola fue una escritora mexicana que nació en 1857 y murió en 1900. Sabemos, hasta ahora, relativamente pocos datos biográficos sobre ella, salvo que su tierra natal fue Hermosillo, en donde también falleció; que fue profesora, y que participó de forma activa en la vida cultural de su tiempo. Esperamos pronto poder dar más informes sobre esta autora.

Colaboró en publicaciones periódicas como El nuevo mexicano, El abogado cristiano, El diario del hogar y El átomo. Hasta donde tenemos noticia, sus escritos eran poemas, y pudo publicar un poemario en 1878. Su obra ha sido incluida en libros compilatorios como Poetisas mexicanas, de José María Vigil, y en Antología de poetas sonorenses de Segovia Rochín, que vio la luz en 1950.