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Soneto, de Adelaida Cheves



En el álbum de mi buena amiga, 
la distinguida poetisa guatemalteca 
Vicenta L[aparra] de la Cerda.

Quise poner en tu álbum primoroso
una flor de belleza la más rara,
que con su dulce aroma te embriagara,
y te hiciera soñar un cielo hermoso.
Quise poner un ruiseñor gracioso
que, al abrir esta página, cantara,
y con su voz dulcísima imitara
de tu laúd el ritmo melodioso.
Quise ensalzar en inspirada nota
tu celebrado nombre y tu grandeza:
quise cantar; y de mi pecho brota
raudal de llanto y de mortal tristeza.
Si tanta así es mi negra desventura,
¿qué puedo ofrecerte sino amargura?


Fuente: Colección de los mejores poetas de la América del centro, t. 3 (1888).
** La edición es mía.

Photo via Visualhunt

La Prosa y la Poesía, de Vicenta Laparra




PROSA: Es el poeta pobre peregrino
que corre en pos de bellas ilusiones
y sólo encuentra en su fatal camino
martirios mil, amargas decepciones.
Eterno soñador, piensa que el mundo
es un vergel de matizadas flores;
es un paraíso espléndido y fecundo,
donde cantan alegres ruiseñores.
Con el laurel, la gloria le alucina.
Ve coronas de espléndida belleza,
y la fama le aturde y le fascina,
y después le sumerge en la tristeza.
Por eso yo desprecio tus canciones;
endechas y sonetos nunca hilvano,
y si no hablo de sumas y millones,
todo lo encuentro insustancial y vano.
En mi caja billetes atesoro:
hermosas peluconas y pesetas;
¡porque es más dulce el retintín del oro
que todos los cantares de los poetas!

POESÍA: ¡Dejadme respirar, por vida mía!
¡No me rompas, infame, la cabeza!
¡Dejadme mi laúd y mi poesía,
y mis sueños de mágica belleza!
Si te embriaga el chocar de las pesetas
yo conmuevo las almas con mi acento;
en mis alas elevo a los poetas,
y les hago cantar el firmamento.
Doy vibración al trino del canario,
susurro en el murmullo de la fuente;
floto también en torno del osario,
y abrillanto la espuma del torrente.

PROSA: Y te escondes también en la boardilla,
donde sólo hay andrajos y miseria,
porque tu faz en todas partes brilla…

POESÍA: ¡Menos en lo que mancha la materia!
La limpia aureola de mi blanca frente
no refleja en el fango de la prosa…

PROSA: ¡Desprecio los delirios de tu mente!

POESÍA: ¡Y yo, tu risa altiva y asquerosa!

PROSA: ¿Me insultas?

POESÍA: ¡Te detesto! Y te maldigo…
porque te adornas del orgullo necio.
Y no pudiendo conversar contigo
me remonto hasta el cielo, ¡y te desprecio!

PROSA: ¡Ven por piedad, regresa, no te alejes
que te llevas el lustre del tesoro!
Reconozco tu gloria, no me dejes
Sin ti no brillan mis montones de oro.


Fuente: Ensayos poéticos (18883).

** La edición es mía.

Himno a la luna, de Josefa García Granados



El disco argentado
de Diana apacible,
al alma sensible
convida a pensar:
sus pálidos rayos,
de luz blanda y pura,
inspiran ternura
y un grato agitar.

¡Cuán plácida brilla!
las nubes platea,
y suave hermosea
la etérea región.
Del mísero amante,
que espera y padece,
el pecho adormece
con tierna ilusión.

¡Salud, astro hermoso!
Tu dulce influencia
quizá a mi existencia
dará nuevo ser:
que ya de los hados
la víctima he sido,
y en vano he querido
luchar y vencer.

Si fijan mis ojos
tu bello semblante,
percibo un instante
suspenso mi mal;
mas esto no basta.
Tu aspecto sereno
derrame en mi seno
su calma mortal.

La bóveda etérea,
de claro zafiro,
que en rápido giro
te vi recoger,
un templo te ofrezca,
cuyo ámbito inmenso
jamás el incienso
podrá oscurecer.

Las trémulas luces
de miles de estrellas
despidan más bellas
su opaco esplendor:
de Febo brillante
los rayos te doren;
tu carro decoren,
templando su ardor.

Su velo rosado
la aurora risueña,
con mano halagüeña,
coloque en tu sien;
y tus rubios celajes,
formando graciosos
mil grupos vistosos,
sus fris te den.

¡Oh, nunca se eclipse
tu luz deliciosa
ni nube envidiosa
empañe tu faz!
Y ya que tu vista
mi pecho conmueve,
mis votos te eleve
la brisa fugaz.


Fuente: Colección de poesías de los mejores 
poetas de la América del Centro (1888).
** La edición es mía.