Mostrando entradas con la etiqueta Poesía peruana -siglo XIX. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía peruana -siglo XIX. Mostrar todas las entradas

A la señorita Victoria, de Carmen Potts



(7 de octubre)


Dos víboras inmensas, custodiando
de tu beldad la gracia seductora,
parécenme tus trenzas, en cada hora,
que su hermosura sigo contemplando.
No es más suave y sutil el viento blando,
ni es más brillante el rayo de la aurora;
no necesitas más, si no te adora,
para rendir al ser que estás amando.
Mas, como tienes cualidades tantas;
como eres de virtud rico modelo;
como fascinas cuando alegre cantas
con esa dulce voz que sube al Cielo;
y como son tan lindos tus cabellos,
de tu ventura veo los destellos.


Fuente: El Perú Ilustrado.
** La edición es mía.

A un poeta, de María Natividad Cortés



¿Qué dulce acento en mi mortal tristura
viene a halagar con célica armonía
mi herido corazón en su agonía
y calma de mi pecho la amargura?
Es el ángel de luz que el cielo envía,
es el bardo feliz que en raudo vuelo,
en alas de su ardiente fantasía
cruza el espacio y se remonta al cielo.
Es el cantor espléndido y sublime,
el hijo del profundo sentimiento;
aquel, en cuyos cánticos se imprime
el arranque inmortal del pensamiento
Es el poeta de la patria mía,
que mi plegaria tiernamente oyó;
fue brote de mi cruel melancolía…
de honda tristeza que fomento yo
porque me place dilatar mi pena
y mis ardientes lágrimas beber,
y oír el choque de mi atroz cadena
porque soy infeliz… ¡y soy mujer!
No, mis lamentos nunca irán al cielo.
¡Ay! Ellos en la tierra morirán;
la eterna noche tenderá su velo,
y mis íntimas quejas cesarán.
Allá en la altura do el Eterno mora,
en su trono de gloria y esplendor,
no alcanzan los gemidos del que llora,
ni puede penetrar allí el dolor.
Yo soy la tortolilla gemidora,
cuyas endechas no podrán llegar
más allá de la estancia bienhechora
donde miré la luz para penar.
Yo no tengo la voz dulce y sonora
con que suele cantar la inspiración;
ni puedo celebrar la bella aurora,
porque yace marchita mi ilusión.
Soy la flor solitaria del desierto
que el recio vendaval la deshojó;
la barquilla infeliz que no halló puerto
cuando la tempestad la combatió.
¡Ay! Sólo tengo lágrimas amargas,
no cánticos sentidos de placer:
horas eternas, y sombrías, largas,
como mi prolongado padecer.
Las suaves notas de tu hermoso canto
que mis horas calmaron de dolor,
enjugando a la vez mi acerbo llanto,
nunca se borrarán… ¡jamás, cantor!


Fuente: Poetisas americanas (1896).
** La edición es mía.

Contestación a un soneto que se publicó contra las mujeres, de Manuela Antonia Márquez



Si Dios puso en tus manos una lira,
¿por qué cual otros en sublime canto
no ensalzas la virtud y el dulce encanto
con que el amor al corazón inspira?

¿Insensible, tu musa, no suspira
al contemplar sumida en triste llanto
a nuestra amada patria, y su quebranto
en nobles versos a calmar no aspira?

¡Ay! Tu mente extraviada no comprende
la misión generosa del poeta
y a la mujer en su delirio ofende.

Mas, aunque herida con mortal saeta,
a tomarte la injuria no desciende:
que sabe perdonar quien se respeta.


Fuente: Parnaso peruano (1871).

** La edición es mía.

Charada (II), de Manuela Villarán



El siguiente poema es, como su nombre lo indica, una adivinanza. Su autora fue la escritora y periodista peruana Manuela Villarán de Plascencia, quien lo leyó en una de las famosas veladas literarias organizadas entre 1876 y 1877 por la también escritora Juana Manuela Gorriti, una de las más destacadas escritoras de la Argentina decimonónica -ya hemos dicho algo sobre ella en este blog-. A estas veladas solían asistir numerosos miembros de la élite intelectual y cultural de la época.
La charada que a continuación presentamos fue resuelta por otra escritora, Mercedes Elespuru Laso de la Vega, de quien daremos a conocer algunos poemas más adelante en este blog. Para no arruinar la sorpresa, añadimos la respuesta a la adivinanza en letras en blanco entre corchetes rectos, justo al final del poema.

Todo mortal practica mi primera [pista: se refiere a la sílaba]
            aunque no quiera,
salvo el que de un sentido esté privado
            que es un ser desgraciado.

Mi segunda en la escala han de encontrar
            casi en postrer lugar,
y el que no sea en música entendido
            que se dé por vencido.

Mi tercia la ejecuta un generoso
            siempre alegre y gustoso,
y un acontecimiento será raro
            si se ve en el avaro.

Es mi prima y segunda un combustible
            que debe estar visible,
y una prohibición prima y tercera
            que a veces desespera.

El total es un centro de alegría,
            belleza y armonía;
quien no sea capaz de descifrarla,
            no merece gozarla.

[Solución: VE-LA-DA]


Fuente: Veladas literarias (1892).
** La edición es mía.