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Media noche, de Emilia Bernal



Flota en la noche como una
balada de ensoñación.
Está muy blanca la luna
y muy triste el corazón.
Y aunque el céfiro deslíe
el perfume de las flores
en un ambiente de amores,
el corazón no se ríe.
Y aunque muy ledo suspira
el seno de la montaña
como si un gnomo en su entraña
pulsara su agreste lira;
y todos los jazmineros
balancean su blancura
suavísimos y ligeros;
y aunque rueda en los alcores
la onda movible del viento
cual si de un pecho el acento
buscara su eco de amores;
y como airón de consuelo
atraviesa blanca nube
el cristal azul del cielo;
y aunque sonora la fuente
en sus perlas desgranando
en el tazón, dulcemente,
sigue el corazón llorando.
Le responde solo un grito
en melancólico dúo,
el grito largo de un búho
que atraviesa el infinito.


Fuente: Parnaso antillano.
** La edición es mía.

Photo credit: AlexandreRoux01 

A Rosa, de Lola Rodríguez de Tió




Tu nombre es el de la flor,
que reina de los jardines,
vence a lirios y jazmines
en perfumes y en color.

De la flor que en la pradera,
al ver Flora tan hermosa,
dijo: ―Entre todas, la rosa
quiero que sea la primera.

Tu nombre el conjunto encierra
de la mujer y la flor:
belleza, perfume… amor…
único bien de la tierra.

Tienes el nombre, el encanto
de la reina del pensil,
y no es la flor tan gentil
como tú, ni vale tanto.

Caracas, 1882.


Fuente: Claros y nieblas (1885).
** La edición es mía.

Photo via VisualHunt.com

Las artes y la gloria, de Brígida Agüero


A los socios del Liceo camagüeyano.


¿Quién al ver de la aurora los destellos
iluminando las tempranas flores,
bajo un cielo de fúlgidos colores
allí en los campos, de mi patria, bellos,
no aspira a ser pintor de la natura,
y a bosquejar su espléndida hermosura?
¿Quién que escuche del índico sinsonte
el melodioso, incomparable trino
en la espesura de encumbrado monte,
no siente de emoción arrebatada,
el sublime poder de la armonía?
Sólo el que tenga un alma
insensible al placer, lánguida y fría.
¿Quién al mirar del sol en occidente
la moribunda luz en su desmayo,
no se conmueve y siente
de tierna inspiración vívido rayo?
¿Quién habrá que resista
al amor sacrosanto de la gloria?
¿Quién podrá con mirada indiferente
contemplar del artista
ebrio de gozo la radiosa frente?
Sólo el que tenga un corazón de hielo,
y un alma destituida
de entusiasmo feliz y de ilusión,
no siente de la gloria el noble anhelo,
y sus puras y gratas impresiones:
mas el que tenga un alma
amante de lo bello y lo grandioso,
entusiasta y sensible cual la mía,
encontrará do quiera
vida, hermosura, encantos y armonía.
Al contemplar los nombres que la historia
en sus brillantes páginas conserva,
mi corazón palpita
henchido de una célica esperanza,
y en sus trasportes de entusiasmo ardiente.
tomo el laúd y canto
“Las artes y la gloria”, reverente.
Canto la gloria si, grande y sublime,
elevando del hombre el pensamiento
con su divino acento
el abatido espíritu reanima;
arranca al plectro cadenciosa rima,
mueve el cincel, y muestra
al músico, al pintor y al que protege
el numen de la dulce poesía,
una vida eternal y una corona.
A su influjo recobran
nuevo esplendor las artes
ilustrando la humana inteligencia;
los pueblos civiliza
y difunde la luz por todas partes.
Aún conserva los mágicos cinceles
de Fidias, Miguel Ángel y Canova,
y enaltece al insigne Praxiteles [sic],
cuya fecunda inspiración arroba;
que el genio esclarecido
en alas de la gloria refulgente
arrebata sus nombres al olvido.
Por ella contemplamos
ornados de laurel en letras de oro
los nombres de Velázquez y Rivera,
y aún viven con renombre de inmortales
Homero, Tasso, Milton y Petrarca,
Racine, Calderón y Garcilaso;
su indómito poder todo lo abarca
deteniendo los siglos en su paso…
¡Omnipotente gloria! Resplandeces
con el nombre de Guido;[1]
la invención de su gama
“mide y combina el tiempo y el sonido”.[2]
Donizetti nos llena
de profunda emoción y sentimiento
al mirar su Lucía,[3]
víctima infausta de fatal destino;
con estro peregrino
expresa su dolor y su tormento;
y de Edgardo infeliz en la agonía
el alma conmovida y delirante
gime y padece con el triste amante
al escuchar su dolorido acento.
La incomparable Norma
hace inmortal el nombre de Bellini;
la sublime Traviata
eterniza de Verdi la memoria;
y vivirá por siempre
en la italiana historia
el recuerdo feliz de Paganini.
Al pronunciar los nombres
de los ilustres hombres
cuya inspirada frente
admira el mundo de laurel ornada,
os ruego que su ejemplo
constantes imitéis en la jornada
que lleva al genio de la gloria al templo.
Acaso encontrareis cardos y espinas,
pero en cambio hallareis plácidas flores
de suave aroma y galas peregrinas,
¿No os inspiran las gracias
que a las cubanas concedió el Eterno?
Son ardientes sus ojos,
y su mirada de sin par ternura
penetra el corazón; sus labios rojos
vierten divina y celestial sonrisa
que enajena de amor y de ventura,
y el eco grato de su puro acento
es de ilusión riquísimo tesoro,
seductora expresión del sentimiento.
¡Oh, no dejéis sus nombres
dormir por siempre en funeral olvido!
Y cual repite el mundo
los de Beatriz y Laura,
haced que lleve susurrando el aura
vuestras dulces querellas
de la tierra por todas las regiones,
y celebren los pueblos y naciones
la gracia y el candor de nuestras bellas.
Estudiad en sus obras la grandeza
del Supremo Hacedor; tal en la vida
es del artista la misión notoria,
y haced que vuestro canto,
de patriotismo y de entusiasmo lleno,
hasta el Empíreo suba
con el nombre carísimo de Cuba.


Fuente: Fuente: Álbum poético-fotográfico de las escritoras cubanas (1868).
** La edición es mía.






[1] Guido de Arezzo, inventor del tetragrama.
[2] Verso tomado del poema “La música”, del poeta español Tomás de Iriarte (1750-1791).
[3] Lucía y Edgardo, a quien se menciona tres versos más adelante, son personajes de la ópera Lucia di Lammermoor.

Ansiedad, de Catalina Rodríguez



Volemos, bajel ligero,
llévame presto en tus alas,
alas que Fulton te diera,
a otros mundos, a otras playas
hiende con tu corva quilla
la inmensidad de las aguas
del ancho mar; presto, vuela,
que la impaciencia me mata.
Llévame, bajel ligero,
a la tierra de Quintana,
al mismo sitio dichoso
donde su musa preclara
canté al mar con tal acento
que otra musa no le iguala:
y de allí partiendo airoso,
y yo en tu popa sentada,
corramos, ¡ay!, cual los vientos.
lleguemos volando a Italia,
cuna dichosa del Dante,
y de Tasso y de Petrarca.
Quiero ver su puro cielo,
y sentar mi débil planta
en esa tierra fecunda.
Quiero mirar entusiasta
los Alpes y el Appennino;
y en el Asia el Himalaya;
las pirámides de Egipto,
y los Templos de la Arabia,
y las ruinas de Palmira,
y el desierto de Sahara.
¡Oh! Volemos, sí, volemos,
que la impaciencia me mata.
Quiero ver al bravo moro
ceñirse la rica faja
bordada de blancas perlas;
quiero ver en sus espaldas
tenderse con noble orgullo
el manto de seda y plata.
Quiero aspirar el perfume
que produce ardiendo el ámbar
en pebetero dorado.
de una morisca en la estancia.
Llévame, bajel querido,
llévame a Grecia en tus alas;
donde alzó su voz Homero,
donde Safo desdichada
se arrojó de la alta roca
buscando tumba en las aguas;
Sí, quiero ver el Leucades [sic],
quiero contemplar el Niágara.
¡Ah! Quiero ver complacida
esa tierra americana
donde duerme en sueño eterno
el gran padre de su patria,
Washington, ilustre y sabio,
y donde Lincoln descansa.
Quiero contemplar ansiosa,
y de gloria henchida el alma,
el Rhin, el Danubio, el Ganges,
el Nilo, el Loira, el Guadiana.
Yo quiero ver las lagunas.
los bosques y las montañas,
los palacios de los reyes,
los harenes y la Alhambra,
los hermosos mausoleos,
las pinturas, las estatuas,
y todas las maravillas
que allá en las tierras lejanas,
¡ay!, se esconden a mi vista.
¡Oh, cómo tiemblo, entusiasta!
Detente ansiosa, alma mía,
que te siento arrebatada
con ilusiones tan bellas.
Detente… paciencia… aguarda.
Llévame, bajel ligero,
que la impaciencia me mata.
Mas, ¡ah!, que a partir te niegas.
Si acaso viento te falta,
toma, aquí tienes mi aliento.
¿Velas? Te daré mis faldas.
Fuerzas, te ofrezco las mías.
Si el temor de la borrasca
te detiene, no la temas,
que yo, de hinojos postrada,
te encomendaré al Eterno.
Faro serán mis miradas,
que salvo al puerto te lleven.
Yo sé donde está la España;
yo sé donde queda Roma;
yo sabré llevarte a Francia.
Tal es mi ardiente delirio
que con la frente apoyada
sobre la mano, y los ojos
cual si el sueño me embargara
todo lo miran tan cerca,
con dirección tan marcada,
cual si fuera un grande genio
que en el espacio vagara
poniendo un ala en un polo,
y en el otro, la otra ala.
Llévame, no te detengas,
que la impaciencia me mata.
Volemos, bajel ligero,
que tal vez la muerte helada
me asesta el golpe homicida.
Volemos, que siento el alma
nadando en delicia suma
con ilusión tan soñada.
¿Yo, contemplando otro cielo?
¿Yo, escalando las montañas?
¿Yo, patinando la nieve,
o viendo la ardiente lava
que se eleva del Vesubio?.
Mas, ¡ah, torpe lengua, calla!
¿Dónde te lleva, alma mía,
ambición tan insensata?
¿Dejar el paterno nido?
¿Dejar las maternas playas,
y las risueñas llanuras,
y las brisas perfumadas,
y el cielo y la luz primera
que embellecieron mi infancia,
y el sepulcro de mi hija?
¡Oh, lengua atrevida, calla!
Déjame, bajel ligero;
parte tú a tierras extrañas,
que yo en mi suelo querido,
al susurro de las palmas,
exhalaré la existencia:
quiero morir en mi patria.



Fuente: Álbum poético-fotográfico de las escritoras cubanas (1868).
** La edición es mía.