Berceuse, de María Monvel (Tilda Brito)




Me estoy durmiendo poco a poco,
me estoy durmiendo sobre el mar.
Un hierro sólo me separa
de su viscosa inmensidad,
y yo me duermo poco a poco
con blando y dulce cabecear.
¿Vendrá el naufragio si me duermo?
¿Me tragará dormida el mar?
¿Morderé perlas, algas, conchas
en un futuro despertar?
¿Conversaré con las sirenas?
¿Algún tritón me abrazará?
¿Iré a las fiestas de Neptuno
en un carruaje de coral?
En la litera pequeñita
mi corazón dormido está.
No más que un hierro me separa
de su viscosa inmensidad.

1928


Fuente: Sus mejores poemas.
** La edición es mía.

Photo credit: Mark Seton via VisualHunt / CC BY-NC

El gato, de Luisa Luisi



Un gato gigantesco se pega a mi costado
y clava en mí sus ojos dorados e inquietantes;
en mi flanco desliza su caricia taimada
de sedas inmediatas y garras inminentes.

Apunta a las estrellas una rígida cola,
como un dedo extendido que señala un destino;
y eléctricas descargas erizan su pelambre
y encienden sus pupilas de luz fosforescente.

Llevo contra a mi cuerpo, frotándose a mis piernas,
el tremendo misterio de su intención oculta;
y el miedo a mis tobillos aprieta sus grilletes
cuando levanta el gato su pálido maullido.


Fuente: Polvo de los días.
** La edición es mía.

Impulso, de Layly Daverio



Un violento deseo, una imperiosa
necesidad de vuelo me domina:
insatisfecho antojo, que es la espina
de esta mata de sueños, prodigiosa…
Desplegar brazos y alma, temblorosa…
y partir, en la tarde que declina,
transformada en dorada golondrina,
o saeta labrada en cobre y rosa...
Y, sin rumbo en mi éxodo, sin norte,
sin que ningún obstáculo recorte
la rémige al impulso volandero,
¡ir a clavar, como imprevisto broche,
en un empuje olímpico y certero,
el corazón del Cielo y de la Noche!


Fuente: Parnaso uruguayo.
** La edición es mía.

La estatua, de María Carmen Izcúa




Olvidada entre helechos
envejece la estatua,
recibiendo tan solo caricias
y el beso perfumado de las ráfagas.

¡Hay en lo inerte vida;
hay en la nieve llama;
y, en el pliegue dormido de los párpados,
el brillo misterioso de las lágrimas!

Acerqueme y de dije: ―¿Quién te alienta?
¿Quién te ha encendido? ¡Habla!
¿Quién prendió fuego en tus pupilas muertas?
¿Quién en la muda piedra volcó un alma?

Entonces, cual si fuera transparente
el mármol adorado por las ráfagas,
vi agitarse el espíritu del genio
en el cuerpo armonioso de la estatua.


Fuente: Parnaso uruguayo.
** La edición es mía.

Photo via VisualHunt

Tollanzinco, de Mateana Murguía





¡Salve, Tollantzinco[1] hermosa!
Donde el aura es más serena;
donde es más exuberante
la rica naturaleza;
donde de las bellas flores
se aspira la grata esencia,
y de las aves los trinos
nos trae la brisa ligera;
donde el cielo es más azul;
do el agua murmura leda
y brindan ventura y calma
tus encantadas florestas.
¡Salve! El alma conmovida,
al contemplar tus bellezas,
olvida sus desventuras,
olvida sus hondas penas.
¡Oh, cómo pasan aquí
las horas gratas, serenas!
¡Cómo transcurre la vida
de dulces encantos llena!
Aquí se siente mejor,
Más goces la mente sueña,
con más fe, con más confianza
dicha al corazón espera.
cuando el Ángel del deber
a mis hogares me vuelva,
bendeciré tu memoria;
la adoraré hasta que muera.
De tus generosos hijos
me llevaré como prenda
el sentimiento infinito
de amistad franca y sincera.
En tanto, ciudad hermosa,
la de perfumadas selvas;
la de cristalinas aguas
con las que el sol juguetea;
la de inmensas hortalizas;
la de magníficas huertas,
frescas, tranquilas, umbrías,
que al paraíso remedan;
te saludo cariñosa
de placer el alma llena.
Y te ofrezco el homenaje
de mi admiración sincera.


Fuente: Poetisas mexicanas (1893).
** La edición es mía.



[1] Tulancingo.

Íntimas, de Josefa Murillo



No te quejes, corazón,
de la pena que te hiere:
el que vive de ilusión
desengañado se muere.

Y era ilusión, era un sueño
como el amor, la amistad…
¡En este mundo pequeño,
el mal tal solo es verdad!

Nada busques ya en el mundo
en que pagaron con dolo
tu cariño profundo;
vente a vivir triste y solo.

Y jamás, entusiasmado,
sueñes dichas, corazón;
que muere desengañado
el que vive de ilusión.


Fuente: Homenaje a la inspirada poetisa tlacotalpeña Josefa Murillo (1899).
** La edición es mía.

Photo via Visual Hunt

Las hijas de Ran, de Juana Borero



Envueltas entre espumas diamantinas
que salpican sus cuerpos sonrosados
por los rayos del sol iluminados,
surgen del mar en grupos las ondinas.
Cubriendo sus espaldas peregrinas
descienden los cabellos destrenzados,
y al rumor de las olas van mezclados
los ecos de sus risas argentinas.
Así viven contentas y dichosas
entre el cielo y el mar, regocijadas,
ignorando tal vez que son hermosas
y que las olas, entre sí rivales,
se entrechocan, de espuma coronadas,
por estrechar sus formas virginales.


Fuente: Parnaso antillano [1].
** La edición es mía.


Photo via Visualhunt.com



[1] En el original dice “hijas del Ran”.

Media noche, de Emilia Bernal



Flota en la noche como una
balada de ensoñación.
Está muy blanca la luna
y muy triste el corazón.
Y aunque el céfiro deslíe
el perfume de las flores
en un ambiente de amores,
el corazón no se ríe.
Y aunque muy ledo suspira
el seno de la montaña
como si un gnomo en su entraña
pulsara su agreste lira;
y todos los jazmineros
balancean su blancura
suavísimos y ligeros;
y aunque rueda en los alcores
la onda movible del viento
cual si de un pecho el acento
buscara su eco de amores;
y como airón de consuelo
atraviesa blanca nube
el cristal azul del cielo;
y aunque sonora la fuente
en sus perlas desgranando
en el tazón, dulcemente,
sigue el corazón llorando.
Le responde solo un grito
en melancólico dúo,
el grito largo de un búho
que atraviesa el infinito.


Fuente: Parnaso antillano.
** La edición es mía.

Photo credit: AlexandreRoux01 

Soneto, de Adelaida Cheves



En el álbum de mi buena amiga, 
la distinguida poetisa guatemalteca 
Vicenta L[aparra] de la Cerda.

Quise poner en tu álbum primoroso
una flor de belleza la más rara,
que con su dulce aroma te embriagara,
y te hiciera soñar un cielo hermoso.
Quise poner un ruiseñor gracioso
que, al abrir esta página, cantara,
y con su voz dulcísima imitara
de tu laúd el ritmo melodioso.
Quise ensalzar en inspirada nota
tu celebrado nombre y tu grandeza:
quise cantar; y de mi pecho brota
raudal de llanto y de mortal tristeza.
Si tanta así es mi negra desventura,
¿qué puedo ofrecerte sino amargura?


Fuente: Colección de los mejores poetas de la América del centro, t. 3 (1888).
** La edición es mía.

Photo via Visualhunt

A Rosa, de Lola Rodríguez de Tió




Tu nombre es el de la flor,
que reina de los jardines,
vence a lirios y jazmines
en perfumes y en color.

De la flor que en la pradera,
al ver Flora tan hermosa,
dijo: ―Entre todas, la rosa
quiero que sea la primera.

Tu nombre el conjunto encierra
de la mujer y la flor:
belleza, perfume… amor…
único bien de la tierra.

Tienes el nombre, el encanto
de la reina del pensil,
y no es la flor tan gentil
como tú, ni vale tanto.

Caracas, 1882.


Fuente: Claros y nieblas (1885).
** La edición es mía.

Photo via VisualHunt.com